INTRODUCCIÓN. La sustitución de un órgano que presenta una disfunción irreversible por otro procedente de un cadáver, o menos frecuentemente de un donante vivo, ha sido uno de los avances más importantes de la medicina en la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, el éxito del trasplante como terapéutica ha creado un nuevo problema; una demanda de órganos para trasplante muy superior a las disponibilidades actualmente existentes.
En la mayoría de países occidentales el número de enfermos en lista de espera para el trasplante de algún órgano sólido aumenta cada año, mientras que el número de trasplantes que se realizan permanece estacionario o con incrementos mínimos. En España, el país con el mayor índice de donación de órganos por millón de habitantes del mundo, se ha conseguido mantener estable la diferencia entre el número de candidatos y el número de trasplantes ejecutados. Sin embargo, sería necesario duplicar el número de trasplantes que actualmente se realizan para que todos los enfermos que se encuentran en lista de espera, y en particular los candidatos a un trasplante renal, pudieran recibir un órgano. El xenotrasplante, o trasplante de células, tejidos u órganos procedentes de otras especies animales, podría ser una solución a este problema.
ANTECEDENTES HISTÓRICOS DEL XENOTRASPLANTE CLÍNICO.
La idea de trasplantar órganos de donantes no humanos en receptores humanos no es nueva. En los primeros años de este siglo se realizaron tres intentos utilizando como donantes un cerdo, una cabra y una oveja, especies animales que se encuentran muy alejadas del hombre en la escala fílogenética. La reacción inmunológica de rechazo que tiene lugar en estas circunstancias, es muy intensa, lo que determina una destrucción precoz de este tipo de xenoinjertos.
En 1964, antes de que se dispusiera de la diálisis, Reemtsma y Starzl trasplantaron riñones de chimpancé y babuinos a enfermos con insuficiencia renal1,2. La mayoría de los riñones trasplantados funcionaron inmediatamente. Dado que se sabía que el rechazo de estos xenoinjertos era más grave que el que se producía cuando los órganos provenían de donantes humanos (alotrasplantes), los receptores fueron tratados con una inmunosupresión mucho más intensa, que incluía azatioprina, corticoesteroides, actinomicina C e irradiación local. El motivo fundamental del fracaso de estas experiencias fue la aparición de complicaciones infecciosas que causaron el fallecimiento de la mayoría de los pacientes, aunque uno de estos riñones funcionó normalmente durante nueve meses.
Posteriormente se han practicado otras experiencias clínicas de xenotrasplante en las que se han implantado otros órganos. A destacar el de corazón llevado a cabo por Bailey en 1984 y los dos hepáticos realizados por Starzl en 1992 y 19933,4. Todos ellos utilizaron a babuinos como donantes, pero a pesar de disponer mejores medicamentos inmunosupresores que los empleados en los años 60 y 70, los resultados finales fueron similares. Las supervivencias de los receptores oscilaron entre 20 y 70 días y todos fallecieron como consecuencia del órgano o por complicaciones infecciosas.